"Yo, Claudio", de Robert Graves

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Yo, Claudio, de Robert GravesSi existe alguna novela histórica que se haya convertido en un clásico incuestionable del género esa es “Yo, Claudio” de Robert Graves. Con una frescura que no se ha perdido con el paso de las décadas, un uso magistral de las fuentes clásicas y una forma de conectar con el lector que ha trascendido a varias generaciones, “Yo, Claudio” es una novela que, a pesar de haber sido publicada en 1934, sigue vendiendo hoy millones de ejemplares en todo el mundo. Su inclusión en una colección es sinónimo de éxito, y las editoriales que apuestan por ella juegan sobre seguro. La mayor parte de las listas de mejores novelas del siglo XX, incluso las que no se centran en la novela histórica, la sitúan cerca de los puestos de cabeza. ¿Qué ingredientes tiene “Yo, Claudio” que hacen de esta novela algo tan especial?

“Yo, Claudio” es en primer lugar un juego literario que rompe con lo que venía siendo habitual con la novela histórica escrita hasta el momento. En lugar de utilizar un narrador omnisciente que cuenta la historia de forma objetiva, fría y distante, “Yo, Claudio” da voz a su principal protagonista. El emperador Claudio, anciano ya y a sabiendas de que su propia muerte no está muy lejos, escribe sus memorias, desde la infancia hasta el momento en el que, contra todo pronóstico, alcanzó el trono imperial. De este modo, con una enorme profundidad de análisis y una fina ironía, el emperador desgrana su propia historia desde una infancia despreocupada en el seno de la familia imperial hasta su tormentosa madurez en la corte caótica y servil de su sobrino Calígula. Una vida marcada por la deformidad física, el tartamudeo y el desprecio de una sociedad que ligaba la fealdad del cuerpo con la degradación moral y mental. El hecho de que sea el propio Claudio el que toma la palabra hace de la historia algo cercano al lector, que se siente transportado al interior de la corte de los Julio-Claudios y vive sentado en primera fila los acontecimientos de las primeras décadas del Principado. Este estilo autobiográfico tuvo tanto éxito que han sido innumerables las novelas que, siguiendo el modelo de Graves, han copiado la estructura de “Yo, Claudio” e incluso han reproducido el título cambiando el nombre del personaje protagonista. Naturalmente, ninguna de ellas ha alcanzado al original.

Por otro lado, Robert Graves fue un profundo conocedor de las fuentes clásicas, y eso es algo que transpira en cada página de su novela. Se dice que antes de lanzarse a escribir “Yo, Claudio”, Graves había hecho una cuidada traducción de Suetonio del latín al inglés, un ejercicio que le permitió conocer con detalle las vidas narradas por este escritor de tiempos de los Antoninos. En efecto, cuando leemos “Yo, Claudio” parece que estamos leyendo a Suetonio y a Tácito con un estilo moderno y actualizado. Como no podía ser de otra manera en una novela histórica, Graves completa los vacíos dejados por Suetonio y Tácito con hilos argumentales de su propia cosecha. Pero lo hace con tal maestría y conociendo a los personajes hasta tal punto que, tiempo después de leer la novela, uno se pregunta si tal o cual acontecimiento o escena lo ha leído en “Yo, Claudio” o está presente en las fuentes clásicas. No son pocos los historiadores que maldicen en voz baja a Graves por haber metido en su cabeza de forma magistral cosas que no están en Tácito o en Suetonio.

Es indudable, por otro lado, que la novela debe parte de su popularidad a la magnífica serie de la BBC emitida por primera vez en los años setenta y repuesta infinidad de veces en todo el mundo. Sin embargo, no hay que olvidar que la novela se había publicado cuatro décadas antes de darse a conocer la serie de televisión, y ya antes de ésta había vendido centenares de miles de ejemplares. La serie ayudó a consolidar la fama del trabajo de Robert Graves y a darlo a conocer a nuevas generaciones de la época, pero en absoluto fue determinante a la hora de convertir “Yo, Claudio” en un clásico. De hecho, ya en el siglo XXI, la novela puede seguir leyéndose con problemas, sin que haya envejecido en absoluto, mientras la serie ha quedado como una curiosidad de la historia de la televisión que sólo los amantes del teatro o la Roma clásica pueden apreciar en toda su extensión. Hay que tener en cuenta que el “Yo, Claudio” de la BBC poco o nada tiene que ver con las series que triunfan en la actualidad, producciones donde priman los efectos especiales y las espectaculares localizaciones exteriores sobre la calidad interpretativa de los actores. “Yo, Claudio” es, en el fondo y en la forma, una obra de teatro realizada ante las cámaras de televisión, y de hecho el elenco de enormes actores que protagoniza la serie era célebre por su carrera representando papeles de Shakespeare.

Como último apunte habría que señalar que la continuación de la novela, titulada “Claudio y el dios y su esposa Mesalina”, nunca ha cosechado el éxito de la primera parte ni se ha ganado el cariño de los lectores como sí lo ha conseguido “Yo, Claudio”. Por algún motivo, la segunda parte, que narra la vida de Caudio ya como emperador e introduce personajes tan claves como Mesalina, Agripina o Nerón, se hace más pesada y lenta que la primera. Tal vez el hecho de ver al torpe y tartamudo Claudio encumbrado en el trono imperial haga que la ternura y la ironía de “Yo, Claudio” se pierda para dar paso a algo diferente con lo que es más difícil conectar.

“Yo, Claudio” es, en definitiva, un clásico cuya lectura debería ser propósito firme para todo amante de la novela histórica en general y la Roma antigua en particular. Un peldaño sin el cual no se entiende la escalera de la novela histórica en el siglo XX.

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