"Sila, el último republicano" de Josep María Albaigès

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Luis Manuel López | Literatura | 8/05/2018 - 10:49Comenta

"Sila, el último republicano" de José María Albaigès“Sila, el último republicano” nos ofrece un interesante panorama de la Roma de finales del siglo II y la primera mitad del I a.C. Un tiempo en el que los síntomas de crisis que acechaban a la República Romana comenzaban a convertirse en males evidentes, y en el que la oligarquía de la nobilitas que había gobernado en Estado durante siglos comenzaba a resquebrajarse para caer en manos de personalidades fuertes que habían labrado si carrera en los campos de batalla. Una Roma que lentamente iba abandonando las instituciones republicanas y avanzaba a paso firme hacia el Imperio.

El autor, Josep María Albaigès, toma a Lucio Cornelio Sila como excusa para narrar la historia de estos tiempos, y lo hace en forma de monólogos en los que los protagonistas cuentan al lector los detalles de diversos pasajes de sus vidas. El resultado es un río de múltiples afluentes que convergen todos ellos en un gran torrente, que no es otro que la Historia de Roma. Este estilo de monólogos permite que el lector se adentre en la psicología de los personajes y viva el mismo acontecimiento desde diferentes puntos de vista, algo que enriquece mucho la narración.

Antes de abordar la lectura de “Sila, el último republicano” hay que tener en cuenta que esta novela se adentra en el mismo territorio que la saga “Señores de Roma” de Colleen McCullough, y que en una comparación, por muy generosa que sea, la australiana triunfa sobre el español de forma apabullante. Tanto en conocimiento de la época, como en uso de las fuentes y construcción de los personajes, McCullough deja a Albaigès como un simple aficionado a la historia. Sirva de advertencia para quienes hayan leído la saga: pueden ahorrarse la lectura de esta novela.

La trayectoria profesional e intelectual del autor, Josep María Albaigès, es, sin embargo, sencillamente impresionante. A pesar de que su formación académica es como ingeniero y economista, se ha atrevido con múltiples facetas de saber, y como si de un humanista del siglo XVI se tratara ha abordado en sus obras temas como la toponimia, la onomástica, las matemáticas, la psicología, el urbanismo… y la historia. Su habilidad como narrador es incuestionable, y sus novelas se leen con interés y disfrute estético. En el caso de “Sila, el último republicano”, su estudio previo de las fuentes literarias resulta, sin embargo, muy escaso, y ello lleva al autor a cometer una serie de errores que pasan de la categoría de anécdotas y se convierten en imperdonables.

Podemos pasar por alto que se presente a Sertorio como un un personaje próximo a Sila, cuando sabemos que desde su más tierna juventud estuvo ligado por lazos de clientela y parentesco con Mario y los suyos. Podemos pasar que afirme que Servilio Cepión, supuesto responsable del robo del oro de Tolosa, murió ejecutado en la roca Tarpeya, cuando sabemos que falleció en el exilio en Grecia. Podemos incluso admitir que una confusión de nombres le lleve a hablar del rey Servio Tulio como el violador de Lucrecia. Pero resulta imperdonable confundir y mezclar dos personajes clave creyendo que son uno mismo, y esto es lo que el autor hace con Publio Rutilio Rufo y Publio Sulpicio Rufo. Es cierto que los nombres de ambos personajes comparten praenomen y cognomen, y que ambos vivieron en un mismo periodo histórico, pero cualquier persona que se precie de conocer, aunque sea de forma superficial, los tiempos de Mario y Sila, sabría diferenciar uno de otro. Rutilio Rufo fue compañero de armas de Mario en tiempos de la guerra contra Numancia, y su carrera política le llevó a luchar contra las corruptelas de los recaudadores de impuestos en Asia, una lucha que le llevó al exilio en Oriente. Sulpicio Rufo, por el contrario, era de una generación más joven, y se caracterizó por su habilidad oratoria y su papel como tribuno de la plebe en los tumultos que acabaron con la huída de Mario y la llegada de Sila y sus tropas a Roma. Rutilio Rufo murió en el exilio; Sulpicio fue ejecutado por los seguidores de Sila y su cabeza presentada a éste como un trofeo. En la novela estos dos personajes aparecen fusionados como uno solo. Un error imperdonable que puede conducir al lector a la confusión y a hacerse una idea equivocada de la Roma republicana. Un error que invalida por completo una novela histórica que, por lo demás, presenta méritos suficientes como para ser disfrutada desde un punto de vista estético. Resulta sorprendente que ningún historiador haya señalado este hecho en una novela que ha logrado vender una gran cantidad de ejemplares.

Por otro lado, la reconstrucción que hace del protagonista de la historia, Lucio Cornelio Sila, resulta totalmente opuesta a lo que nos cuentan tanto las fuentes antiguas como los estudios de los historiadores modernos. Albaigès presenta a un Sila que es un antecesor directo de César y Augusto, un hombre convencido de que las instituciones republicanas están obsoletas y resulta irremediable la imposición de un nuevo sistema de gobierno personalista y autoritario. En efecto, tras derrotar a los populares, Sila impuso una dictadura personal en la que acaparó todos los poderes y durante la cual actuó como auténtico déspota. Sin embargo, fue una medida de carácter transitorio, y él mismo abandonó el cargo de dictador a los meses de haberlo asumido. Sila no pretendía destruir la República e imponer un sistema de gobierno monárquico, sino todo lo contrario. Hizo uso de un poder absoluto para devolver al Senado y a las instituciones republicanas todo su poder tradicional. El título de la novela, que apunta a Sila como el último republicano, es acertado. El desarrollo del personaje dentro de la trama de la novela, no lo es.

Por lo demás, hay que señalar que en la narración aparecen minimizados o incluso silenciados acontecimientos tan cruciales como el tribunado de la plebe de Saturnino o la Guerra de los Aliados, mal llamada aquí y en tantos otros lugares Guerra Social, un conflicto que estuvo a punto de acabar con la propia existencia de Roma. ¿Qué decir de las nulas menciones a personajes como Livio Druso, que tanta importancia tuvieron en estas décadas anteriores a la dictadura de Sila?

“Sila, el último republicano” es, en definitiva, una novela escrita con habilidad y buenas intenciones, por una persona que o bien no conoce a fondo el periodo histórico acerca del cual escribe, o bien ha decidido de forma consciente simplificarlo para hacer la historia más sencilla, cometiendo con ello un imperdonable atentado contra la verdad histórica. Resulta sorprendente que la editorial responsable de publicar esta novela no haya realizado una labor de contraste y revisión y haya puesto su sello en un producto que, si bien desde el punto de vista estético es aceptable, no podemos en absoluto recomendar a ningún amante de la Historia de Roma.

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